Hay autoras capaces de crear atmósferas de las que resulta casi imposible escapar.
Daphne du Maurier pertenece a este grupo.
Sus novelas están llenas de casas que parecen guardar secretos, paisajes que se convierten en protagonistas y personajes que nunca son exactamente lo que parecen.
Leer a Daphne du Maurier es entrar en un mundo donde la tensión se construye poco a poco, casi sin que el lector sea consciente de ello.
Y quizá por eso sus historias siguen fascinándonos décadas después de haber sido escritas.
Daphne du Maurier nació en Londres en 1907, en el seno de una familia profundamente vinculada al mundo artístico. Sin embargo, fue en Cornualles donde encontró el lugar que marcaría para siempre su vida y su literatura. De hecho, resulta difícil separar a la autora de Cornualles; sus libros respiran mar, niebla, acantilados y grandes mansiones.
Quizá sea precisamente esa unión entre paisaje y emoción lo que hace que sus historias resulten tan envolventes.
Aunque a menudo se la asocia con el suspense, reducir la obra de Daphne du Maurier al género del misterio sería injusto.
Sus novelas hablan también de identidad, deseo, obsesión, memoria y del peso que el pasado ejerce sobre el presente.
Hay secretos, sí, pero también personajes profundamente complejos y relaciones marcadas por la ambigüedad.
Nada es completamente seguro en sus libros.
Ni las personas.
Ni los recuerdos.
Pocas escritoras han sabido utilizar el espacio como lo hizo Daphne du Maurier. En sus novelas, los escenarios no son simples decorados...
Manderley, la inolvidable mansión de Rebecca; la posada aislada de La posada Jamaica o la presencia de la naturaleza en muchos de sus relatos se convierten en elementos esenciales de sus historias.
Porque en la literatura de du Maurier, a veces, los lugares son los encargados de guardar los secretos más importantes.
Para muchas lectoras, la puerta de entrada es Rebecca.
Y no es difícil entender por qué.
Desde su célebre primera frase —"Anoche soñé que volvía a Manderley"— la novela atrapa al lector en una atmósfera cargada de misterio, silencios y ausencias.
Pero también merece la pena descubrir obras como Mi prima Rachel o La posada de Jamaica, donde vuelve a desplegar toda su capacidad para crear historias inquietantes y profundamente humanas.
Y es que más de medio siglo después de su publicación, las novelas de Daphne du Maurier siguen encontrando nuevos lectores.
Quizá porque comprendió algo esencial: que el verdadero misterio no siempre reside en descubrir qué ha sucedido.
A veces, el misterio está en las personas.
En lo que callan.
En lo que recuerdan.
Y en todo aquello que nunca llegaremos a conocer del todo.
Daphne du Maurier sabía que las mejores historias no solo se leen. También se habitan.